Perlas Negras de Amado Nervo

Rindióme al fin el batallar continuo
De la vida social; en la contienda,
Envidiaba la dicha del beduino
Que mora en libertad bajo su tienda.
Huí del mundo a mi dolor extraño,

Llevaba el corazón triste y enfermo,
Y busqué, como Pablo el Ermitaño,
La inalterable soledad del yermo. Allí moro, allí canto, de la vista

Del hombre huyendo, para el goce muerto,
Y bien puedo decir, como el Bautista:
¡Soy la voz del que clama en el desierto!

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